09
Dic 2016

En el auditorio del Banco de la República, de la ciudad de Ipiales-Colombia, tuvo lugar la Sesión Pública Solemne de incorporación del Dr. Julio César Chamorro, en calidad de Miembro Correspondiente Extranjero, el acto se efectuó el día viernes 11 de noviembre del 2016, a partir de las 18h30.

El Dr. Jorge Núñez Sánchez, Director de la Academia Nacional de Historia ofreció un discurso titulado “Destierros y Exilios Alrededor de una Frontera”.

“La Academia Nacional de Historia del Ecuador ha convocado esta sesión extraordinaria para incorporar como nuevo Miembro Correspondiente Extranjero al destacado intelectual colombiano doctor Julio César Chamorro. Y hallo que esta ocasión resulta propicia para reflexionar acerca del oficio de los historiadores y los compromisos de la historiografía”.

“El oficio de historiar es casi tan antiguo como la humanidad. Cuando la persona humana, tras una larga evolución previa, tuvo finalmente conciencia de sus actos, buscó comunicarlos a los demás y grabarlos en la memoria colectiva por medio de su recreación gráfica. Surgió, así, la pintura rupestre, como el primer testimonio voluntario de la historia humana, una historia entre mágica y lúdica, en la que el placer de la recreación de un acto -una cacería o una danza- se entremezclaba con un exorcismo de los secretos temores del hombre frente a las fuerzas de la naturaleza”, puntualizó el Director de la Academia Nacional de Historia.

Núñez Sánchez, analizó los grandes hitos de la evolución, a partir de los albores de la humanidad, el desarrollo de la conciencia de los actos, la aparición de palabra, posteriormente la escritura, los diversos elementos y mecanismos utilizados:  

“Tabletas de barro, placas de  metal, piezas de madera, papiros o pergaminos serían utilizados por el hombre para consignar sus testimonios ideográficos o lingüísticos, en busca de transmitir a sus descendientes -es decir, al futuro- las experiencias, hechos o descubrimientos de su propio presente”. 

Con relación a la palabra y la escritura, enfatizó la vinculación inextricable existente entre ellas, “que casi se volvió imposible separar la una de la otra”.  También se refirió al documento, el texto, la pieza testimonial de la historia, que involucra de un lado el mensaje explícito y de otro: “datos implícitos que en ocasiones, eran revelados por el documento pese a la voluntad contraria de su autor”.


Foto de archivo. Julio César Chamorro.

 

De allí que: “Los romanos acuñaran una frase para definir esa lectura de los contenidos implícitos de un texto: “inter legere”, “leer entre líneas”, es decir, leer más allá del mensaje formal del texto. Y de ahí, también, que nuestra hermosa lengua castellana haya acuñado una palabra propia para definir esa atenta búsqueda de los contenidos ocultos de un texto escrito o de un mensaje cualquiera; esa palabra nuestra, derivada del “inter legere” romano, es “inteligencia”.

“Y muy grata para nuestro oficio de historiar, que tiene como una de sus tareas esenciales la de leer los documentos testimoniales del pasado y buscar “entre líneas” los mensajes ocultos y las revelaciones involuntarias, los datos cuantificables y las expresiones cualificables, las formas lingüísticas y los símbolos ideológicos contenidos en el texto”.

“Porque la labor del historiador no se reduce, amigos míos, a la lectura y trascripción de los  testimonios del ayer; al contrario, nuestra labor incluye el ejercicio metodológico de la duda, la obligación del cotejamiento y comparación de datos, la crítica implacable del texto documental y de sus contenidos manifiestos. Solo así logramos aproximarnos razonablemente a la verdad y nos ponemos en aptitud de recrear intelectualmente una circunstancia, un momento, un hecho, un proceso o una estructura del pasado.

En síntesis, podemos decir, usando la fórmula de Pierre Vilar, que “un historiador no es quien sabe sino quien investiga”.


De allí que: “Los romanos acuñaran una frase para definir esa lectura de los contenidos implícitos de un texto: “inter legere”, “leer entre líneas”, es decir, leer más allá del mensaje formal del texto. Y de ahí, también, que nuestra hermosa lengua castellana haya acuñado una palabra propia para definir esa atenta búsqueda de los contenidos ocultos de un texto escrito o de un mensaje cualquiera; esa palabra nuestra, derivada del “inter legere” romano, es “inteligencia”.

“Y muy grata para nuestro oficio de historiar, que tiene como una de sus tareas esenciales la de leer los documentos testimoniales del pasado y buscar “entre líneas” los mensajes ocultos y las revelaciones involuntarias, los datos cuantificables y las expresiones cualificables, las formas lingüísticas y los símbolos ideológicos contenidos en el texto”.

“Porque la labor del historiador no se reduce, amigos míos, a la lectura y trascripción de los  testimonios del ayer; al contrario, nuestra labor incluye el ejercicio metodológico de la duda, la obligación del cotejamiento y comparación de datos, la crítica implacable del texto documental y de sus contenidos manifiestos. Solo así logramos aproximarnos razonablemente a la verdad y nos ponemos en aptitud de recrear intelectualmente una circunstancia, un momento, un hecho, un proceso o una estructura del pasado.

En síntesis, podemos decir, usando la fórmula de Pierre Vilar, que “un historiador no es quien sabe sino quien investiga”.

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