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Sep 2016

El día miércoles 10 de agosto a las 10.00, los Miembros del Directorio de la Academia Nacional de Historia, los académicos (as) y funcionarias de la Institución, entregaron una ofrenda floral en el monumento a la Independencia, en la Plaza Grande, para rendir un  Homenaje Póstumo a la Memoria de los Héroes del 10 de agosto de 1.809. 



El Dr. Jorge Núñez Sánchez, Director de la Institución, en una breve intervención, manifestó el beneplácito del actual Directorio de la Academia, al realizar este Homenaje Póstumo a la Memoria de los Próceres de la Independencia, que acogieron los principios libertarios de la Revolución Francesa y evolucionaron “desde el despertar de la conciencia geográfica a la conciencia política”, actuaron en unidad de acción, en un hecho sin precedentes en la historia de las colonias españolas y “este Primer Grito Libertario, reprimido brutalmente a sangre y fuego, por las autoridades españolas, que masacraron al 1% de la población, quedó registrado para la posteridad, y reconocido como “QUITO LUZ DE AMÉRICA”, porque abrió las puertas al desarrollo de la conciencia y las luchas libertarias, en los pueblos hermanos de nuestra patria grande, América Latina”.  

Franklin Barriga López, Subdirector de la ANH   y Jorge Núñez Sánchez, Director


Ese día la Plaza de la Independencia lucía engalanada por emblemáticos arreglos florales,  de las principales Instituciones del Estado, ubicadas frente al Palacio de Carondelet.

Ofrenda floral a la memoria del  Coronel Carlos Montúfar Larrea

Jenny Londoño López y Franklin Barriga López, depositan la ofrenda en la tumba del Coronel Carlos Montúfar.

La delegación de la ANH, se desplazó a las imponentes instalaciones de la Catedral Metropolitana de Quito, para realizar un recorrido y depositó otra ofrenda floral, en la tumba del Coronel Carlos Montúfar Larrea, del Ejército Patriota, nombrado Ayudante General, por  el  mismo  Libertador  Simón  Bolívar.

Carlos Montúfar enseguida pasó a órdenes del General Serviez y continuó con mil doscientos fusileros a la campaña de Pasto, que terminó con la completa derrota de las armas patriotas.

El 29 de junio de 1816 participó en la Batalla de la Cuchilla del Tambo, donde los patriotas independentistas, fueron derrotados por las fuerzas españolas. Montúfar fue capturado y condenado a muerte por el general español Juan de Sámano.  Fue fusilado, en la ciudad de Buga el 31 de julio de 1816.

 La Urna con los restos del Mariscal Antonio José de Sucre


En la Catedral Metropolitana de Quito, en el interior de una capilla contigua a la sacristía, se encuentra la urna con los restos del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, héroe de la independencia de la Real Audiencia de Quito y latinoamericana. La urna que contiene sus restos es de forma rectangular y está tallada en piedra oscura (andesita) del Pichincha, alrededor  de la cual se han ubicado banderas de todos los países por cuyas libertades luchó  Sucre: Bolivia, Colombia, Ecuador,  Perú  y Venezuela.

Antonio José de Sucre, fue hijo de una familia patricia venezolana, de tradición militar, su padre el Teniente Coronel Vicente Sucre y Urbaneja, al servicio de la corona española, apoyó la causa emancipadora desde sus inicios.

Directivos, Académicos y Funcionarias de la ANH, frente a la tumba del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, al fondo se observan las placas en su honor.

 

Sucre realizó estudios en la Escuela de Ingenieros del coronel español Tomás Mires. Como joven perteneciente al sistema militar de la monarquía española, se formó en los valores de orden, disciplina y autoridad, al ritmo de sus estudios de matemáticas, agrimensura, fortificación y artillería. Estos conocimientos y principios serían vitales para el desempeño de Sucre en una carrera que estaba a punto de comenzar. 

A los quince años se alistó en el ejército patriota como alférez de ingenieros y participó en la campaña de Francisco de Miranda (1812) contra los realistas, durante la cual ascendió a teniente.

Antonio José de Sucre, en Angostura, se convirtió en lugarteniente del Libertador Simón Bolívar, fue muy respetado por él, y gozó de su amistad, por sus extraordinarias dotes de estratega, su compromiso con la causa libertaria y su lealtad. 

El éxito acompañó a Sucre desde las primeras operaciones militares; obtuvo un gran triunfo en Yaguachi (mayo de 1821), y, tras sufrir un único revés en Huachi, la campaña del Sur concluyó con la batalla de Pichincha (24 de mayo de 1822), en la que cayó abatido el ejército realista. Pocas horas después, Melchor de Aymerich, presidente de la Real Audiencia de Quito, firmó la capitulación. Con esta victoria de Sucre se consolidó la independencia de la Gran Colombia, se consumó la de Ecuador (que quedó incorporado a la Gran Colombia) y quedó el camino expedito para la liberación de Perú, tras la renuncia de José de San Martín.
Fue Presidente de Bolivia, entre otros asuntos, se preocupó por la organización de la  Hacienda Pública, y los temas relacionados con la inclusión y los derechos, promovió la libertad de los esclavos, distribuyó tierras entre los indios y dio un impulso decisivo a la educación, creando colegios superiores y escuelas primarias en todos los departamentos del país.  Renunció a su cargo por las excesivas presiones de los peruanos, quienes se oponían a la independencia  de  Bolivia.   

Placas en homenaje a Antonio José de Sucre       

En Quito, la noticia del atentado contra Bolívar en Colombia, en septiembre de 1828, irrumpió en la naciente vida conyugal de Sucre, que había contraído matrimonio con Mariana Carcelén, marquesa de Solanda, y le condujo a replantear su decisión de retirarse a la vida privada. La fallida Conspiración Septembrina preludiaba el fin de la Gran Colombia; Sucre lo sabía pero se animó a luchar hasta el final. Por eso, al pronunciarse en torno a aquella tentativa de magnicidio, apoyó a Bolívar en su decisión de haberse declarado dictador de Colombia: el orden debía prevalecer ante todo.   
 

Monseñor Federico González Suárez

El recorrido realizado en la Catedral Metropolitana de Quito, por los Directivos, académicos y funcionarias, continuó hasta la imponente lápida de mármol, donde reposan los restos del eminente Historiador y Político, Arzobispo Monseñor Federico González Suárez, fundador de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, un 24 de julio de 1909.

“La Sociedad se convirtió en Academia Nacional de Historia, en virtud del Decreto Legislativo publicado en el Registro Oficial N. 23, de 28 de septiembre de 1920,” según informaciones del Dr. Franklin Barriga López, Subdirector de la ANH,  en su libro titulado:  “Historia de la Academia Nacional de Historia, 1909 – 2009”.           

Federico  González Suárez, no conoció a su padre Manuel María González, ciudadano colombiano, quien al sentirse muy enfermo regresó a su país y allí falleció poco tiempo después, antes del nacimiento de su hijo.  Su madre, la Sra. María Mercedes Suárez, quedó viuda, asumiendo el cuidado  y  la educación de su pequeño en medio de muchas falencias y pobreza, con grandes preocupaciones por la salud del niño, débil y enfermizo.  El niño fue según sus biógrafos, “muy brillante y dedicado”.  González Suárez, estudió en la Escuela de Sto. Domingo y años más tarde concluyó sus estudios secundarios.

En el Seminario de San Luis cursó Teología y Derecho Canónico; pasó al Convento de los PP. Jesuitas, separándose dos años para trabajar y sostener a su madre; el obispo de Cuenca lo llevó a su lado donde terminó su carrera sacerdotal; vino a Quito a encontrarse su madre agonizante, víctima de neumonía; se estableció definitivamente en Quito aceptando un cargo en la iglesia Metropolitana; se dedicó al estudio e investigación de los hechos históricos de nuestra Patria, que le sirvieron para escribir su famosa obra "Historia General de la República del Ecuador", a pesar de muchas intrigas; fue designado el 14 de diciembre de 1893 Obispo de Ibarra.

Lápida de mármol a la memoria del Arzobispo Monseñor Federico González Suárez

 

Perteneció por cerca de diez años a la Compañía de Jesús, que abandonó finalmente en 1872, cuando contaba con 28 años de edad y aún no había sido nombrado presbítero. González Suárez se trasladó entonces a Cuenca, donde recibió las órdenes sacerdotales, y vivió allí once años, hasta 1883. Desde aquella época comenzó a figurar en la vida pública nacional como hombre prestigioso por su saber, inteligencia, pluma y verbo oratorio. Por esa época ya era notable por su gran talento y habilidad política, condiciones que le permitirían alcanzar las más altas posiciones dentro de la Iglesia, y ejercer su poderosa influencia en la política y el Estado.

En 1878 fue elegido Diputado por la provincia del Azuay a la Convención de Ambato. Más tarde, en 1883 se estableció nuevamente en Quito donde combatió a la dictadura instaurada por el Gral. Ignacio de Veintemilla, y al tiempo que intervenía en la política su figura se fue haciendo muy respetada y temida por su intransigencia moral.

Nuevamente asistió como Senador al Congreso de 1892; el 14 de diciembre de 1894, pese a las duras críticas en su contra, el papa León XIII lo escogió para ocupar el obispado de Riobamba, y luego como Obispo de Ibarra 1895 a 1905. En 1906, Pío X lo nombró Arzobispo de Quito, lugar desde el cual dirigió la iglesia ecuatoriana hasta su muerte.

Como Senador de la República en el año de 1894, hizo sentir su voz dando ánimo a sus compatriotas que acudían con Alfaro a la cabeza a defender los linderos patrios, cuando el Perú se obstinaba en arrebatar nuestro territorio; González Suárez pronunció en aquella ocasión una frase que ha recogido la Historia: "Si ha llegado la hora de que el Ecuador desaparezca, que desaparezca; pero no enredado en los hilos de la diplomacia, sino en los campos del honor, al aire libre, con el arma al brazo; no lo arrastrará a la guerra la codicia, sino el honor!".

De su amplia producción bibliográfica podemos destacar las siguientes obras: Historia eclesiástica del Ecuador (1879, obra que pretendía llenar los vacíos de Resumen de la Historia del Ecuador, publicada en Lima en 1870 por Pedro Fermín Ceballos); Atlas Arqueológico (1892); Refutaciones históricas (1889); Los aborígenes del Carchi e Imbabura (1902 y 1903), Advertencias para buscar, coleccionar y clasificar objetos arqueológicos pertenecientes a los indígenas, antiguos pobladores del territorio ecuatoriano (1912) y Notas arqueológicas (1915).

Sobre crítica literaria y otros temas publicó: Estudios sobre Virgilio y Estudio de la poesía épica cristiana (obras de su juventud), Belleza literaria de la Biblia (1877), Observaciones sobre el poder temporal del Papa (1873), Opúsculos de polémica religiosa (1876), Ensayos sobre Lacordaire (1890).  

 

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